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TÍTULO
COMUNIDADES NEOCATECUMENALES - Albatera(Alicante-España)
LOS JOVENES ESCRUTAN LA PALABRA
Os presentamos un video sobre el escrute de la palabra que nos han remitido los hermanos de la parroquia Corpus Christi de Alicante
Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2011
Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado
Autor: S.S.- Benedicto XVI | Fuente: http://www.vatican.va/
Autor: S.S.- Benedicto XVI | Fuente: http://www.vatican.va/
«Con Cristo sois sepultados en el Bautismo,
con él también habéis resucitado» (cf. Col 2, 12)
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).
1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.
El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.
Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.
2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor -la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico-, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.
El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.
El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.
La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.
El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».
Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.
El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.
3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa -y no sólo de lo superfluo- aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).
En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma"» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.
En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.
En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.
Vaticano, 4 de noviembre de 2010
BENEDICTUS PP. XVI
con él también habéis resucitado» (cf. Col 2, 12)
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).
1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.
El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.
Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.
2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor -la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico-, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.
El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.
El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.
La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.
El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».
Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.
El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.
3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa -y no sólo de lo superfluo- aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).
En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma"» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.
En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.
En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.
Vaticano, 4 de noviembre de 2010
BENEDICTUS PP. XVI
CATEQUESIS PARA JOVENES Y ADULTOS-ALBATERA ENERO 2011
DIOS TE AMA,
¡EXPERIMENTALO¡
INICIACION CRISTIANA DE JOVENES Y ADULTOS
Catequesis LUNES Y JUEVES a las 21h
En los salones de la ermita
PARROQUIA SANTIAGO APOSTOL DE ALBATERA
Con servicio de guardería
Telf contacto 678 790 286
Llegan a España las «Comunidades en misión»
La Razón 09/01/2011 Juan Cadarso
Hace dos años se inició esta modelo de «Nueva evangelización» en Roma
Algunas comunidades neocatecumenales partirán hacia barrios dificiles, para ayudar en la evangelización.
El cardenal arzobispo de Madrid, Rouco Varela, regaló la cruz misionera a las comunidades durante el envío - Foto: Tecnofotos
MADRID- Un nuevo modelo de evangelizacion ha dado a luz en Madrid. El pasado jueves 6 de enero fueron enviadas por el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, las primeras diez comunidades en misión («communitates in missionem») de España, a siete parroquias de la diócesis de Madrid. leer mas
CELEBRACION DEL DIA DE LA FAMILIA
El Domingo 2 de Enero a las 4:00 de la madrugada partiremos hacia Madrid, para celebrar con otras Familias, venidas de Europa el dia de la Familia Cristiana..
LA FAMILIA CRISTIANA ESPERANZA PARA EUROPA
Da testimonio con tu familia.en la Plaza de Colon
NACE INES, LA CUARTA HIJA DE JAVIER Y ESTHER
A las 04:00 horas, por parto natural, ha nacido Inés que ha pesado 3.370 gr. Madre e hija se encuentra bien.
Bendecimos al Señor por este nuevo miembro de la familia Martínez Salinas.
SEGUNDA COMUNIDAD NEOCATECUMENAL SANTIAGO APOSTOL DE ALBATERA
DOMINGO 10 ABRIL 2011: CONVIVENCIA EN GUARDAMAR 11:30 H
Testimonio de valentía ante la muerte: "El Señor lo ha hecho todo bien"
Andrés García falleció el pasado mes de junio a la edad de 48 años, a causa de un cáncer
Andrés García, nacido en Cobatillas (Murcia), falleció el pasado mes de junio a la edad de 48 años, a causa de un cáncer. La experiencia de este hombre ha sido un testimonio de valentía ante la muerte. Con la enfermedad diagnosticada desde hace año y medio, unas tres semanas antes de morir contaba su experiencia de este periodo de duras sesiones de quimioterapia que le llevaron a una relación profunda con Dios, que fue su fuerza en los momentos más difíciles.
Samuel Linares. - 16-07-09
Con la enfermedad diagnosticada desde hace
año y medio, unas tres semanas antes de morir
contaba su experiencia.
Sus hermanos del Camino Neocatecumenal de la Parroquia de San Pablo de Murcia, así como su mujer Loli y sus hijos María, Andrés y Damián, rezaban cada día con él vísperas en el centro sanitario, a las que Andrés, a pesar de la debilidad de su cuerpo, acudía para dar gracias a Dios por lo bueno que había sido con él.
En la habitación donde permanecía hospitalizado, Andrés se incorporó en la cama y comenzó a dar testimonio del amor de Dios en su vida y de cómo la Iglesia Católica le ha ayudado en este tiempo a apoyarse en la oración, y a ver que todo está bien hecho. Ésta es sin duda la manera en la que los cristianos están llamados a vivir su muerte, pues morir es vivir. Ésta es la muerte de un cristiano.
¿Qué fue lo primero que pensaste en el momento de conocer tu enfermedad?
- En ningún momento vi la enfermedad como un castigo divino, como que me había portado mal. El Señor me puso este acontecimiento en mi vida para salvarme, quería que no me perdiese en el infierno. Bien es cierto que al principio me asusté un poco, pero pronto me di cuenta que el Señor me había regalado el cáncer. A partir de ese momento empezó a abundar la gracia, nació en mí un hombre bueno, las gracias fueron inmediatas.
Para mi familia fue ciertamente un susto, costó mucho aceptarlo, pero el Padre, El Señor ha sido generoso con mi familia al ver que no me sublevaba contra él. No me han visto maldecir. No los he hecho estar en la desesperación. Al verme así, han ido aceptando su voluntad. Es cierto que hemos pasado necesidades pero las hemos ido aceptando. Nos hemos querido más y la familia ha estado más unida en este tiempo.
¿Qué ha sido lo más duro de esta enfermedad el estado físico o el psicológico?
- Ni el físico, ni el psíquico han sido sufrimiento. En un año de quimioterapia muy dura he tenido al Señor a mi lado. Me han pinchado por todas las partes del cuerpo. Todo ese sufrimiento me ha llevado a un estado de gracia:, subir con el Señor ese calvario, ir a su lado. Cuando entraba al quirófano, decía: "Señor ten piedad de mí". Le pedía que no tuviera miedo. Sabía que ibamos a un sitio mejor: me ha llevado al Padre, me ha llevado a reconciliarme con Dios, mi padre del cielo. Todos los sufrimientos que he tenido en mi vida me han llevado a encontrarme con el Señor, y poder experimentar la Vida Eterna ya en este mundo.
Tengo que añadir que durante este tiempo he tenido que combatir muy seriamente con el demonio. Pero el Señor ha sido generoso, me ha querido, gracias a mi comunidad que me ha ayudado muchísimo, ha sido muy generoso. He pasado un calvario digno de un cristiano. Todo está bien hecho, nada de lo que dice el Evangelio es mentira, las bienaventuranzas son verdades, el Señor te da el ciento por uno. El Señor lo ha hecho todo bien.
¿De dónde te viene la fuerza para poder llevar tu enfermedad con alegría y sin miedos?
- Los médicos se han sorprendido de que una persona no se asuste ante la muerte, no tengo miedo a la muerte. He resistido a la "quimio" un año y medio, han visto los médicos que un cristiano puede caminar sobre la muerte, que podemos hacer un cáncer glorioso, un cáncer para tu salvación, para que sane tu espíritu.
Debo decir que una persona este compuesta por dos realidades: una es el cuerpo y otra es el espíritu. Cuanto más dolor tiene el cuerpo más se fortalece el espíritu, más se va sanando.
No es masoquismo, es una realidad, todo el dolor que tiene el cuerpo el espíritu lo compensa, lo sana.
¿Tienes miedo a la muerte?
- No, por que no muero, porque no voy a morir, por que mi espíritu no muere, vivo esperando la muerte. Hoy tendría que estar en coma, pero me ha bajado la bilirrubina.
Voy a la casa de mi padre. La Iglesia me ha enseñando que yo voy con mi padre. No he nacido para este mundo, voy a pasar de dormir a estar vivo.
Tengo anhelo a la muerte, no sabría que hacer si no muero, es el amor tan grande que tengo por irme con mi padre, que si me tengo que quedar en este mundo Dios me daría una gracia para llevar esto, pero yo sé que ya está todo bien hecho, yo he dicho como quiero mi funeral, sé como voy a ser enterrado y no tengo miedo porque sé que no muero.
¿Cómo te ha ayudado la Iglesia Católica en las situaciones difíciles que se te han presentado ha lo largo de tu vida?
- La Iglesia Católica me ha dado la sabiduría, la que no he encontrado en ninguna parte, me ha dado las armas para combatir con el diablo.
Mis hermanos de Comunidad han sido el apoyo, el pilar. La Iglesia me ha querido como he sido, no he tenido que dar la talla, siempre me ha amado como era. La Comunidad ha sido una cosa maravillosa, sobre todo este último año y medio ha sido de auténtica conversión.
La relación con la Virgen María también ha sido estupenda. Ha tenido una bondad total conmigo, de gran amor y ternura. La Iglesia es la única verdad que hay en la vida, te proporciona sabiduría, conocimiento, capacidad para poder perdonar, en definitiva ser feliz.
Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Iglesia está basada la santísima trinidad. Aunque debo decir que si no entras en la cruz, nunca será feliz, te sentirás insatisfecho en tu vida.
Durante un periodo importante de tu vida viviste en el ateísmo. Cuéntanos un poco como fue esa experiencia.
- Vengo de una familia cristiana, por circunstancias me reboté contra la Iglesia, contra todo, culpé a Dios, pagó mucha gente mis pecados. En la Iglesia el Señor me ha perdonado a pesar de mis traiciones. La gloria que tengo hoy en mi corazón no me la merezco, me la ha regalado Dios, no sé por qué me la ha regalado.
Se que no muero, sé que voy a velar por mi familia, he cumplido mi misión aquí, en este mundo, el Señor tiene otro plan para mí en el Cielo. Todo está bien Señor, no te reprocho nada.
¿Qué es lo que más te preocupa de lo que vas a dejar en este mundo?
- Es cierto que mis hijos son una preocupación, como para todo padre lo es, pero estoy tranquilo, porque sé que los voy a cuidar desde el Cielo y Dios nos los va abandonar. Es cierto que a veces me preocupa porque aún queda algo de hombre viejo.
Hoy veo a mis hijos no como míos, sino como a hijos de Dios. Es un regalo inmenso haberlos criado, ha sido un regalo tremendo de Dios, con ellos estoy colmado. Realmente no tengo temor a dejar nada.
Ante tu situación de enfermo terminal ¿Qué puedes decir a aquellos que están a favor de la aplicación de la Eutanasia?
- Es una locura, quien quiera ver la Eutanasia que vaya a donde se administra la "quimio" y que se siente ante un enfermo de cáncer. Es impresionante las ganas de vivir de todos los que han estado sentados junto a mí, incluso sin ser cristianos.
La llave de la vida sólo la tiene Dios, nadie somos quien para dar la vida ni para quitarla.
El hombre sin sufrimiento no es hombre, es una mera marioneta, los hombres se miden ante la adversidad. El coraje de un hombre se mide ante la muerte. "Hoy es un buen día para morir" eso dice un hombre. En realidad todo se reduce al dinero lo del sufrimiento es falso, por el dinero hace que maten al abuelo, por egoísmo.
Por otra parte, quiero añadir, que el mundo no se sostendría sin la oración, sin los misioneros, sólo aclama a Dios la oración de esos hombres. Llevan el Evangelio a todo el mundo. Si yo estuviera mintiendo sobre lo que digo estaría loco. El único tesoro es irte con el Padre. Por mucho que tengas nunca estás colmado. Amar el dinero, el prestigio, te esclaviza, el demonio te coge cuando vives así.
¡No tengáis miedo! Con el Señor, la muerte es con mucho lo mejor.
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